martes, 26 de octubre de 2004

Giovanna Borradori: La filosofía en una época de terror

Publicada en Suplemento Cultura, diario La Nación, el Domingo 24 de octubre de 2004

Hacia fines de 2001, los filósofos Jürgen Habermas -alemán-y Jacques Derrida -francés, recientemente fallecido- tenían comprometidas sendas conferencias en Nueva York. Los sucesos del 11 de septiembre alteraron, inevitablemente, la agenda de temas por desarrollar. "No solamente es imposible no hablar de este tema -afirma Derrida-, sino que uno siente, o se le hace sentir, que le está prohibido (no se le da el derecho de) empezar a hablar de cualquier cosa, sobre todo en público, sin cumplir con esta obligación y sin hacer una referencia, en el fondo siempre ciega, a esta fecha". En ese marco, Giovanna Borradori, filósofa y periodista cultural, decidió entrevistarlos. Ambos diálogos acaban de aparecer en español con el título de La filosofía en una época de terror, acompañados por dos ensayos que las ponen en contexto.

La entrevista a Derrida comienza, como no podía ser de otro modo tratándose del padre de la deconstrucción, con una incursión en el lenguaje. Derrida no acepta sin más que, tal como insiste Borradori en la conversación, el 11 de septiembre se haya producido un "acontecimiento mayor". En su opinión, para que se tratara de un acontecimiento lo sucedido debería de haber sido imprevisible e incomprensible. Derrida no está seguro de que haya sido ninguna de las dos cosas. Por otro lado, ¿qué lo convertiría en algo "mayor"? ¿La cantidad de muertos? Matanzas mayores, sostiene el filósofo, han producido norteamericanos o europeos en el Tercer Mundo. Lo que en este caso genera una "conmoción mundial" es que el ataque fue dirigido contra quien, desde el fin de la Guerra Fría, es el garante del orden mundial.

Avanzando en su planteo, Derrida se concentra en tres aspectos de lo que llama un "proceso autoinmune", un proceso en el que de modo suicida algo atenta contra sí mismo. Que aquí se trata de un proceso autoinmune lo muestra, en primer lugar, el hecho de que la agresión provino en buena medida no del exterior sino del interior de los Estados Unidos. No sólo porque los atentados fueron perpetrados con armas -aviones- norteamericanas, sino porque los suicidas que impactaron con ellas en las Torres fueron entrenados por norteamericanos y en su propio suelo. En segundo lugar, Derrida se pregunta por el efecto traumático que las huellas del terror dejan en los cuerpos. No se trata, sostiene, de un efecto producido por lo que pasó, sino por el terror a lo que puede suceder: "el traumatismo es producido por el porvenir, por la amenaza de lo peor por venir más que por una agresión pasada y ?terminada´". Y ese peligro futuro tiene la forma sin forma de una amenaza nuclear total detrás de la que no se encuentran -nuevamente, como consecuencia del fin de la Guerra Fría- dos estados enemigos, sino "fuerzas anónimas, absolutamente impredecibles e incalculables". Por último, pero en íntima relación con lo anterior, Derrida nos advierte acerca del riesgo de que "las defensas y todas las formas de eso que llaman, con palabras tan problemáticas, ?guerra contra el terrorismo´, trabajen para regenerar, a corto o a largo plazo, las causas del mal que pretenden exterminar". Los aliados de hoy -que, como tales, son habilitados para armarse y entrenarse según los últimos "avances" tecnológicos y militares- pueden ser los "terroristas" de mañana.

Otro pasaje destacable de la extensa entrevista tiene lugar cuando la conversación deriva hacia la tolerancia. Lejos de una adhesión acrítica a ella, Derrida marca una tajante diferencia entre tolerancia y hospitalidad: "la tolerancia es el inverso de la hospitalidad". El discurso desde la tolerancia está siempre del lado del más fuerte, se presenta "como una especie de concesión condescendiente".

Más previsible que Derrida, Habermas centra su exposición en la comunicación y la democracia. El terrorismo es para él una patología de la comunicación de la que son responsables tanto los "terroristas globales" como los estados que unilateralmente toman medidas que afectan la vida de los demás. Para hacer frente a esta situación de perturbación de la comunicación, Habermas sostiene la importancia de una Ilustración que, desde los medios, las escuelas y las familias, permita mejorar la práctica comunicativa cotidiana, y de la necesidad de dotar a una "comunidad de naciones" con el poder real suficiente para actuar en defensa del cumplimiento de principios universales básicos, ya que "en el interior de una comunidad política cuyos ciudadanos se han otorgado recíprocamente los mismos derechos no hay lugar para una autoridad que pueda fijar unilateralmente los límites de lo que se tolera".

Un importante acierto del libro está en los ensayos de Borradori que acompañan a las entrevistas. Porque no sólo colaboran con la inteligibilidad de las exposiciones de los dos filósofos al contextualizarlas en un plano más general, sino que permiten que el texto sea más que una reflexión coyuntural -aunque fundamental, pues nos da la posibilidad de pensar en uno de los aspectos más oscuros de nuestro presente- y pueda funcionar como una muy recomendable introducción al pensamiento de dos de los protagonistas centrales de la escena filosófica de la segunda mitad del siglo XX.

Gustavo Santiago