lunes, 27 de febrero de 2006

Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant: Una invitación a la filosofía reflexiva

Publicada en Suplemento Cultura diario La Nación el 26/02/06

Una invitación a la sociología reflexiva
Por Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant
(Trad. Ariel Dilon)
Siglo XXI Argentina
(320 páginas)

En enero del 2002 fallecía una de las figuras centrales de la cultura mundial, Pierre Bourdieu. Dejaba tras de sí una vasta obra, un inmenso número de discípulos, adeptos, lectores cautivos. También un importante número de enemigos, provenientes, de modo particular, del ámbito académico y periodístico. En estos años, su vigencia no ha decaído: Bourdieu continúa presente en sus libros, en las cátedras, en los trabajos de investigación.
Ante una presencia tan fuerte y persistente, la reciente aparición en español de Una invitación a la sociología reflexiva, publicado originalmente en inglés en 1992, genera una inquietud: ¿era necesaria? ¿puede decirse algo no dicho sobre Bourdieu? Afortunadamente, la lectura del texto nos muestra que no sólo se trata de un material necesario, sino que quizá estemos en la presencia de un nuevo “imprescindible” de Bourdieu. No por las novedades que pudiera aportar, que no las hay. Sino por el modo en que se vuelve sobre las cosas dichas y por la inteligencia práctica que exhibe su forma.
Una invitación a la sociología reflexiva es fruto de un trabajo conjunto entre Bourdieu y Loïc Wacquant, uno de sus más íntimos colaboradores -a quien se conoció aquí especialmente por su libro Las cárceles de la miseria (Manantial, 2000) en el que desnudaba las falacias sobre las que se sostiene la noción de “tolerancia cero” y alertaba sobre los peligros que en ella anidan-.
El texto está dividido en tres partes. En la Primera, a cargo de Wacquant, se repasan minuciosamente los conceptos de Bourdieu sin perder de vista en lucha con qué oponentes iban apareciendo. Vemos desplegarse, una tras otra, nociones como “habitus”, “illusio”, “campo”, “capital”, “violencia simbólica”, etc., etc. Contra lo que Wacquant afirma en el prólogo, ésta parte del texto es claramente un material de estudio más que de lectura.
La Segunda Parte tiene la forma de un extenso diálogo entre Wacquant y Bourdieu. Pero, en realidad, se trata de un diálogo “editado” por Wacquant tomando las respuestas que Bourdieu diera a los participantes de un seminario de doctorado en la Universidad de Chicago, con algunos agregados hechos posteriormente por ambos autores.
En la organización de las preguntas el hilo conductor más persistente es el dado por los textos más importantes que hasta entonces había publicado Bourdieu. Así, el punto de partida es Homo academicus (1988), el libro que consolidó la enemistad de Bourdieu con buena parte de los intelectuales franceses. Aquí insiste el autor en aclarar que se trató de un ejercicio de “socioanálisis” cuyo objetivo no era ganar espacio en el campo intelectual francés atacando a sus rivales, sino demostrar que la sociología puede librarse de las determinaciones sociales mediante el estudio de sus propios condicionamientos. Se pasa luego a La distinción (1984) y El amor al arte (1966). Para ello Wacquant se hace portavoz de críticas esgrimidas por Jameson, Bürger y Garnham, que acusan a Bourdieu de condenar lo estético como una mera señal de clase. Como hará a lo largo de todo el libro Bourdieu se queja de haber sido incomprendido, pero no cede en sus tesis: “En L’amour de l’art he mostrado que el acceso al arte ‘elevado’ no es una cuestión de virtud o don individual sino de aprendizaje (de clase) y herencia cultural”. El tramo siguiente del “diálogo”, si bien remite a textos como El oficio del sociólogo (1973), se centra en los conceptos clave de toda su obra: campo, habitus, interés, illusio y en las relaciones existentes entre ellos. Se pasa luego al tema del lenguaje (el texto de referencia es Qué significa hablar, de 1982) y a su relación con el poder. Bourdieu marca la distancia existente entre su postura y la de la lingüística saussuriana y la hermenéutica (que, según él, tratan al lenguaje como una lengua muerta desprovista de sus funciones prácticas y políticas) y sostiene, que “todo intercambio lingüístico contiene la potencialidad de un acto de poder; más aún cuando involucra a agentes que ocupan posiciones asimétricas en la distribución del capital relevante”. Estas consideraciones lo llevan a hablar de la “violencia simbólica” (“la violencia que se ejerce sobre un agente social con su complicidad”, según su definición) y de allí a la dominación de género como su forma paradigmática. Hacia el final de la Segunda Parte, las consideraciones de Bourdieu y Wacquant se centran en la definición de la sociología y sus tareas, y la relación de Bourdieu con otras disciplinas, especialmente la Filosofía.
En la Tercera Parte ingresamos al taller del sociólogo. Se trata de una transcripción de la presentación que Bourdieu hace de su seminario de investigación para graduados en la École des hautes études en sciences sociales en el año 1988. Allí lo vemos acompañar a sus alumnos como un artesano a sus aprendices: “Uno realmente puede supervisar una investigación sólo a condición de hacerlo junto con el investigador que está a cargo de ella”. A un habitus científico “no hay otra forma de adquirirlo que hacer que la gente lo vea en la operación práctica”. Por ello, con la afabilidad de quien es consciente de su autoridad, Bourdieu invita a sus estudiantes a atreverse a exhibir sus borradores de investigación –y se compromete a hacerlo él mismo-, y les recuerda, entre otras cosas, la importancia del rigor en la construcción del objeto de investigación (más que del objeto “en sí mismo”)y la necesidad de adquirir agilidad en el pasaje de la abstracción a la práctica. También los alerta contra el apego a los conceptos por los conceptos mismos; incluso, y especialmente, cuando se trata de los que él ha creado: habitus, campo, capital.
Una invitación a la sociología reflexiva posee la virtud de articular la precisión conceptual con la afabilidad de la conversación; la mirada minuciosa con el panorama general; la exhibición de la práctica con la exposición del discurso teórico que la atraviesa. Quizá lo único que pueda lamentarse, en relación con el texto, es que fue escrito demasiado pronto (con lo que quedan fuera de consideración libros como La dominación masculina, Las reglas del arte, Sobre la televisión o el monumental trabajo colectivo La miseria del mundo) y traducido un tanto tarde.

Gustavo Santiago