lunes, 26 de febrero de 2007

Remo Bodei: Destinos personales

Publicada en Suplemento Cultura diario La Nación el 25/02/07

Destinos personales
Por Remo Bodei
(Traducción de Sergio Sánchez)
El cuenco de Plata
(528 páginas)

Ciertas preguntas filosóficas esconden, tras una primera apariencia de ingenuidad, algunos de los enigmas más difíciles de resolver para el hombre. Ejemplos de ellas podrían ser: “¿Quién soy?” y “¿Qué me hace ser como soy?. Nada debería ser más simple de responder. Si el hombre no es capaz de conocer lo más próximo, lo íntimo, ¿cómo puede aspirar a obtener un saber acerca de lo que está más allá de sí? El fallido esfuerzo de innumerables filósofos, a lo largo de los siglos, por brindar una respuesta definitiva a estas cuestiones da cuenta de su complejidad. Pero no sólo las respuestas fueron diversas, sino que las propias preguntas, aún siendo formuladas en idénticos términos, expresaron planteos diferentes. Preguntar “¿quién soy?” en la Edad Media podía implicar una vacilación en la fe; hacerlo en algunos contextos de principios del siglo XX podía evidenciar una fisura en las convicciones políticas.
Destinos personales, del filósofo italiano Remo Bodei, es un monumental estudio (de más de quinientas páginas escritas a lo largo de veinte años) sobre la construcción de la subjetividad en Occidente desde el inicio de la Modernidad hasta nuestros días.

Antes de la Modernidad, dos conceptos eran ineludibles a la hora de cualquier planteo en relación con la subjetividad: el alma y la Providencia. El alma operaba como el hilo conductor en el que toda experiencia personal podía encontrar su soporte y su continuidad; la Providencia, como aquello capaz de dotar de sentido el derrotero humano por incierto que éste pudiera parecer. Cuando la Modernidad resquebrajó la confianza en ambos conceptos, cuando dejó de resultar obvio el andamiaje metafísico medieval, el problema de la identidad personal se presentó con toda su crudeza: “la identidad personal –sostiene Bodei-, se revela heredera y sustituto del alma (...) alejada la perspectiva de lo eterno, el individuo se encuentra progresivamente inmerso en el tiempo irredimible de la caducidad”.

Cuatro posturas concentran la atención del autor: la de John Locke, la de Arthur Schopenhauer, la de Friedrich Nietzsche y la sostenida por el fascismo. En Locke Bodei encuentra al primer filósofo preocupado por salvaguardar la identidad personal, por alentar la construcción consciente del sí mismo en los individuos. Como contrapartida, Schopenhauer es presentado como el filósofo que muestra que “en lo que debería constituir el núcleo del yo, en lo que se nos aparece como el corazón de la identidad, anida el absoluto ‘no-yo’”. Para el filósofo alemán el yo, el individuo, la identidad personal “son tan solo caprichos extemporáneos de la voluntad de vivir”. También Nietzsche arremete contra la noción de identidad, pero lo hace a favor de una pluralidad de yoes que se encuentran en permanente disputa en cada hombre. En el facismo, finalmente, el problema de la identidad se “resuelve” insertando al yo en la masa, proveyéndole de objetivos con los que identificarse y poniendo a su disposición una lista de enemigos a los que responsabilizar por la degradación humana. El yo queda entonces preso en un “Nosotros” en cuyo imperio cree ver su propia realización.
¿Cuál es la situación actual? Bodei sostiene que hoy las principales instituciones encargadas de la socialización (principalmente el Estado y la Iglesia, pero también la familia, la escuela, el ejército, los sindicatos y los partidos políticos) se han disuelto o han visto debilitada su influencia en la construcción de identidad, por lo cual ésta ha sido reducida a “la teatralización de la vida o al look sin más que cada uno se crea, montando y recombinando modelos de identidad despachados por consultores, expertos, psicoterapeutas y medios de comunicación de masa”, a los que denomina “agencias de marketing de identidades prefabricadas”.
Ante este panorama, Bodei plantea la necesidad de sacar al Yo tanto “de la soledad de la conciencia puramente auto-referencial como del ensimismamiento en un Nosotros que lo fagocita” para que pueda encontrar el camino propio entre tantos otros. Se trata, en definitiva, de reconstruir “un Nosotros capaz de reforzar el lazo social sin atentar contra la autonomía de los individuos, esto es, capaz de interiorizar la exigencia de comunidad sin borrar las diferencias individuales”.

Gustavo Santiago