miércoles, 23 de diciembre de 2009

"felicidades"

Quede claro que: mis amigos y yo no aspiramos a la Felicidad, no creemos en ella. Porque, por definición, la Felicidad es un estado (lo que implica unicidad y permanencia) y, por experiencia, sabemos que los estados surgen por abstracción (muerte) de lo vital, deviniente, múltiple.
Pero esto, lejos de desalentarnos, alimenta nuestra pasión por las "felicidades" (con minúsculas, en plural y, algunas veces, entre comillas); es decir: las alegrías, los placeres, los buenos momentos, los encuentros intensos.
Por lo cual, y en tanto que militantes de las felicidades, no podemos ni queremos evitar desear que todos -aunque especialmente aquellos con los que ya hemos compartido algunas de ellas- puedan vivenciar múltiples, intensas, rizomáticas, potentes...

¡¡¡¡¡ felicidades!!!!!

(Tanto lío para terminar diciendo lo mismo que todo el mundo...)

G.

cien preguntas sobre la vida

¿Qué es la vida?
La vida, ¿es?
¿Qué quiere decir estar vivo?
¿Qué seres / entes están vivos y cuáles no?
¿Puede considerarse vivo al universo?
¿Hay vida independientemente de los seres / entes vivos?
¿Hay una vida específicamente humana?
¿Hay una vida humana esencial, que no esté afectada por el contexto histórico, social, cultural; por la edad, el género, las características físicas, la historia personal?
¿Hay vida o vidas (singulares aunque en plural)?
¿Qué hace / afecta / modifica a una vida singular?
¿Cuál es el alcance del biopoder?
¿Cómo se ejerce el biopoder?
¿Puede haber una vida de la población?
¿Se puede construir / administrar la vida de una población?
¿Hasta dónde la biopolítica puede afectar a una vida singular?
¿Hasta dónde puede haber una vida singular que escape a la biopolítica, en la actualidad?
¿De qué manera algunas vidas administran otras vidas?
¿Para qué algunas vidas pretenden administrar otras vidas?
¿Hasta dónde la vida administrada es una vida?
¿Puede cuantificarse la vida?
¿Hay vidas más largas y otras más cortas?
¿Se puede prolongar la vida?
¿Puede cualificarse la vida?
¿Hay vidas mejores que otras?
¿Se puede mejorar la vida?
¿Tiene sentido la vida en general (¿va para algún lado?)?
¿Puede haber una vida humana sin sentido?
¿Qué le da sentido a una vida humana?
¿Quién le da sentido a una vida humana?
El sentido de la vida, ¿se encuentra, se construye, se recibe, se da?
¿Cuál es el papel del cuerpo en la vida de un ser humano?
¿Cuándo comienza la vida de un ser humano?
¿Cuándo termina?
¿Puede alguien terminar con su propia vida? (Es decir, el suicida, ¿puede llegar a saber que consiguió darse muerte?)
La vida, ¿comienza y termina o es eterna?
¿Es aceptable que el cuerpo de un muerto se transforme en una bolsa de repuestos para que alguien siga vivo?
¿Hasta dónde es aceptable la hibridación con la tecnología para seguir vivo?
¿Cuándo se debe considerar que alguien está muerto?
¿Con cuántos órganos ajenos se puede vivir siendo uno mismo?
¿Hay una vida –en el sentido orgánico- “normal”?
¿Quién –y con qué patrones- determina la normalidad de una vida?
¿Puede haber una vida sana?
¿La propia vida no implica deterioro, degradación, desgaste, finitud, muerte?
¿Tiene sentido la vida sin la muerte?
¿Se puede vivir sin otros?
¿Se puede vivir con otros?
¿Se puede convivir con otros que sean realmente otros?

martes, 22 de diciembre de 2009

La vida: perspectivas filosóficas

La vida es el único tema de la filosofía. Todas las otras grandes cuestiones (por ejemplo, el tiempo, la muerte, la nada, el ser, la libertad, la felicidad) no son sino escorzos, esbozos de aproximación a aquella inquietud mayor.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Jacques Rancière, La palabra muda

(Nota publicada en ADNcultura, La Nación, el 19/12/09)

La trayectoria filosófica de Jacques Rancière (Argelia, 1940) se inicia con su participación, en los años sesenta, en el grupo que bajo la tutela de Louis Althusser elaboró uno de los libros más influyentes de su tiempo: Para leer el Capital . Desde entonces -y tras un pronto distanciamiento de las posiciones de su maestro-, Rancière ha realizado una vasta y original producción que lo señala como una de las principales figuras de la filosofía política francesa. También han resultado fundamentales sus intervenciones en relación con la educación. Menos conocidos son sus trabajos sobre estética. La aparición de La palabra muda , cuya edición francesa es de 1998, viene a atenuar dicha carencia.

Es un lugar común afirmar que los filósofos encuentran problemas donde el resto de los mortales sólo ve obviedades. Rancière lo asume cuando se atreve a plantear la pregunta: "¿Qué es la literatura?". Cualquier librero, cualquier docente, cualquier lector parece estar en condiciones de distinguir en una biblioteca un libro de literatura de otro que no lo es. Pero, no obstante, si se le pide que brinde una definición precisa que permita explicar en qué se basa esa distinción, el problema mostrará toda su complejidad. La cuestión de fondo es aquella que ha atormentado a tantos teóricos -entre los que cabe destacar a los formalistas rusos- que han intentado abordar la "literaturidad"; es decir, las características específicas de ciertos textos a los que se da el calificativo de "literarios".

El trabajo de Rancière se inicia con un análisis de "la naturaleza y las modalidades del cambio de paradigma que destruye el sistema normativo de las Bellas Letras". El punto clave allí será el abandono de la idea de representación. El paso siguiente consistirá en mostrar la tensión interna del paradigma moderno, que se manifiesta en la simultánea puesta en juego de principios contradictorios. Dichos principios postulan, por un lado, la "indiferencia de la forma con respecto a su contenido" y, por otro, la necesidad de que la literatura sea una cabal "expresión de la sociedad". Para abordar esta tensión de corte hegeliano, el filósofo realiza un minucioso análisis de textos de Flaubert, Mallarmé y Proust.

Como es de suponer, el libro no culmina con una respuesta definitiva a la pregunta que lo originó. No hay disolución de las contradicciones, ni definiciones esclarecedoras. Es el recorrido, el trayecto en sí mismo, el que puede aportar algún tipo de saber. Como sucede con La fenomenología del espíritu , de Hegel, el valor de arribar al final estriba en que entonces se está en mejores condiciones de retomar la pregunta desde el comienzo.