sábado, 29 de octubre de 2011

Peter Sloterdijk

Publicado en adncultura, el Viernes 28 de octubre de 2011
La morada del hombre

En Sloterdijk y lo político, Margarita Martínez realiza una precisa introducción al pensamiento del autor de las controvertidas Reglas para el parque humano
Por Gustavo Santiago

Peter Sloterdijk (Karlsruhe, Alemania, 1947) alcanzó notoriedad a partir de la publicación de la conferencia Reglas para el parque humano (1999) y de la polémica suscitada en torno a ella. Si bien en aquel momento ya existía traducción al español de una de sus obras más importantes, Crítica de la razón cínica (Taurus, 1989; edición alemana de 1983), a partir de su enfrentamiento con algunos seguidores de Jürgen Habermas la publicación de sus textos en nuestra lengua se incrementó considerablemente. Sin embargo, esto no se realizó de un modo cronológico ni su resultado hizo que la obra del filósofo fuera del todo accesible en la Argentina, ya que buena parte de las editoriales españolas que se encargaron de su publicación tienen aquí una circulación acotada. A esto se suma otra dificultad, que atañe a la escritura de Sloterdijk. Su prosa está saturada de neologismos y metáforas cuyo sentido no siempre es inmediatamente comprensible, sobre todo si el lector no puede acceder a la visión panorámica que proporcionaría una edición completa de su obra.

Ante estas dificultades, resulta imprescindible recurrir a un texto que proporcione esa perspectiva de conjunto. Y es, precisamente, lo que ofrece Sloterdijk y lo político . Margarita Martinez, licenciada en Ciencias de la Comunicación, realiza una impecable exposición del pensamiento del filósofo alemán, partiendo de la Crítica de la razón cínica , texto en el que Sloterdijk todavía se sentía próximo en términos filosóficos a la Teoría Crítica, hasta llegar a En el mundo interior del capital (2005), pasando por su célebre y original trilogía de las esferas: Esferas I. Burbujas (1998), Esferas II. Globos (1999), Esferas III. Espumas (2004).

A pesar de lo que el título podría sugerir, no se trata de un trabajo sobre filosofía política en el sentido más tradicional. La autora no extrae de los textos del filósofo alemán su reflexión acerca de lo político sino que, al exponer los núcleos de cada texto, va mostrando un pensamiento que es en sí mismo político, ya que se ocupa del "habitar" del hombre en el mundo. Atender a la cuestión filosófica del habitar implica concentrarse en el análisis de la geometría que delimita un adentro y un afuera y, al mismo tiempo, de la atmósfera -literal o sígnica- que en ella se encierra. Son espacios de inmunidad en los que el individuo puede sentirse a gusto o, al menos, a salvo. La amenaza es vista como intoxicación: del agua o del aire por parte de un enemigo en una guerra; de la atmósfera de los signos por parte de los medios de comunicación masiva. En la actualidad, el habitar se encuentra en una profunda crisis: "La crisis de la metafísica -señala Martinez, siguiendo a Sloterdijk- arrastra consigo, primero, el supuesto según el cual el cosmos es una casa que alberga a todos; y, luego, la idea de que el Estado es una morada comunitaria". Se produce, entonces, una proliferación de las evasiones, de las migraciones, que se refleja tanto en los movimientos turísticos como en las fugas hacia espacios tecnológicos, en el consumo de drogas o en la entrega al consumo televisivo percibido como un "descanso" del mundo real.

El texto se cierra con un breve epílogo en el que en tres páginas la autora abandona el tono neutro y didáctico que había venido sosteniendo, para asumir una postura crítica que le permite señalar algunas debilidades tanto del pensamiento de Sloterdijk -su desmesurada "pretensión de explicar todo proceso actual en términos de una poética del espacio"- como de la puesta en escena que de él hace habitualmente en los medios de comunicación.


lunes, 17 de octubre de 2011

Borges y Foucault

Admiración por Borges

Publicado en adncultura, La Nación, el 14 de octubre de 2011
Por Gustavo Santiago

Es conocida la admiración que Foucault profesaba por el escritor argentino. Las palabras y las cosas comienza con esta frase: "Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento". Foucault se refiere a la clasificación de los animales que en "El idioma analítico de John Wilkins" es atribuida a una enciclopedia china. Además de una fuente de inspiración, Borges será para Foucault un compañero en las adversidades. Cuando se le cuestiona la organización de las materias de Vincennes y desde el gobierno se amenaza con quitarles validez a los certificados obtenidos en ella, Foucault responde con ironía, comparando los programas de las universidades francesas con la clasificación borgeana. Foucault se ríe con la risa de Borges. Tampoco lo olvida en los momentos de su consagración: en el discurso inaugural de sus clases en el Collège de France, una alusión al "Pierre Menard" le permite situar a Borges junto a Nietzsche, Bataille y otros autores que le resultan fundamentales. También en diversas entrevistas recurrió a Borges para clarificar nociones suyas, como la "muerte del hombre" y el concepto de "heterotopía".


domingo, 16 de octubre de 2011

Michel Foucault: El filósofo del poder

Publicado en adncultura, La Nación, el 14 de octubre de 2011

Michel Foucault
El filósofo del poder

El autor de Vigilar y castigar dejó como legado un pensamiento cuya vigencia permanece intacta.

Por Gustavo Santiago  | Para LA NACION

A lo largo de su vida, Michel Foucault se especializó en plantear problemas de actualidad, aunque para explorarlos se remontara al pasado. Esos problemas siguen estando vigentes hoy con la misma fuerza de entonces: ¿por qué la prisión?, ¿desde cuándo se encierra a los locos?, ¿cuál es la historia que hay detrás de los juegos de placer?, ¿qué relaciones hay entre el saber y el poder?, ¿tiene historia la verdad? En sus investigaciones no privilegió la palabra de quienes habían teorizado sobre estas cuestiones, sino la de quienes habían sido sus protagonistas. Revisó sentencias judiciales, analizó estructuras arquitectónicas, exhumó antiguas recomendaciones alimentarias. Para tratar de comprender cómo funcionaba la razón, indagó sobre la locura; para comprender cómo operaba la ley, escuchó a los criminales. Y nunca perdió la oportunidad de lanzar frases provocativas, como aquella con la que cierra la introducción de La arqueología del saber : "No me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable: es una moral de estado civil la que rige nuestra documentación. Que nos deje en paz cuando se trata de escribir".

***
Cuando en 1951 Foucault aprueba el examen que lo habilita para dar clases en la École Normale Supérieure de la calle de Ulm, en París, cierra una etapa dolorosa, aunque indudablemente fructífera. Tiene 25 años, 22 de los cuales han transcurrido en un ambiente escolar que detesta. Lo apasiona el estudio, particularmente de la historia, la filosofía, la psicología y las letras. Pero la vida comunitaria lo abruma, y las arbitrariedades de los profesores le resultan intolerables. Para sobrevivir en esa atmósfera adversa -tras protagonizar al menos dos intentos de suicidio en cuatro años- ha desarrollado dos armas: la erudición, fruto de horas de enclaustramiento entre libros en la soledad de su habitación o en el silencio de las bibliotecas, y un carácter mordaz, amenazante, que no sólo atemoriza a sus compañeros sino que pone a la defensiva a muchos de sus profesores. Es sumamente competitivo con los demás pero, sobre todo, consigo mismo. Una muestra de ello podemos encontrarla en el mencionado examen de agregación. En un primer intento, en 1950, obtiene un resultado negativo. En el dictamen de uno de los jurados se lee que se lo desaprueba por "preocuparse mucho más de hacer gala de su erudición que de tratar el tema propuesto". En 1951 decide presentarse de nuevo y se prepara con un rigor que bordea lo humanamente tolerable. Multiplica los resúmenes, las fichas, los esquemas. Aprueba sin dificultades y obtiene el tercer puesto. Sin embargo, en lugar de alegrarse por el logro, se enfurece por no haber alcanzado la primera ubicación, para la cual había trabajado denodadamente.

Entre 1951 y 1955, Foucault se dedica a la psicología. Imparte clases, como pasante, en la École; colabora, como psicólogo, en el hospital psiquiátrico SainteAnne y en el hospital del centro penitenciario de Fresnes. Por entonces, ya había obtenido las licenciaturas en Filosofía y en Psicología en La Sorbona y un diploma en Psicopatología en el Instituto de Psicología de París. El contacto con los internados psiquiátricos y con los reclusos dejará hondas marcas que no tardarán en aflorar cuando llegue el tiempo de la filosofía y la política.

En 1955 acepta un puesto como "lector de francés" en la Universidad de Uppsala, Suecia, conseguido por recomendación de Georges Dumézil. Las tareas que realiza son variadas: dictado de conferencias, promoción de las letras y las artes francesas, organización de encuentros culturales. Foucault se muestra entusiasmado con su cargo que no sólo le deja tiempo para investigar y comenzar a escribir su tesis de doctorado, sino que también le permite vincularse con algunos de los principales protagonistas de la cultura francesa del momento, como Marguerite Duras, Albert Camus, Roland Barthes, Jean Hyppolite. En las conferencias que él mismo imparte tanto en Uppsala como en Estocolmo fascina a sus auditorios. Pronto se gana la fama de "espíritu genial". Pero, al mismo tiempo que deslumbra por su inteligencia, escandaliza por su comportamiento. Contra la imagen de un intelectual serio y austero, el joven profesor exhibe un hedonismo que lo coloca permanentemente al borde del escándalo. Su Jaguar beige, que conduce algunas veces alcoholizado y casi siempre a muy altas velocidades, es tan célebre en Uppsala como su conductor. Tras desempeñar durante tres años este cargo, ocupará uno semejante en Varsovia y luego en Hamburgo para, en 1960, regresar a París con su tesis "Locura y sinrazón. Historia de la locura en la época clásica" íntegramente redactada.

Otra vez se enfrenta Foucault con un tribunal, ante el que debe defender su tesis de doctorado. En el acta redactada por el jurado, se lee:

Cabe destacar en esta lectura un curioso contraste entre el incuestionable talento que todos y cada uno [de los examinadores] reconocen al candidato y la multiplicidad de los reparos que se formulan desde el inicio hasta el final de la sesión [...]. Nos encontramos ante una tesis principal verdaderamente original, de un hombre cuya personalidad, cuyo dinamismo intelectual, cuyo talento de exposición califican para ejercer la enseñanza superior. Por eso, y pese a los reparos, fue concedida la calificación "muy honorable" por unanimidad.

A lo largo de la vida de Foucault van a multiplicarse los juicios análogos al del dictamen del tribunal de la École. Lo valioso, lo singular, aquello que le va a otorgar celebridad a Foucault es lo que, entre sus pares, apenas será tolerado. Y lo es porque el filósofo no se cansará de exhibir un dominio teórico que resultará apabullante para cualquier detractor.

Entre 1960 y 1966 Foucault se desempeña como profesor en la Universidad de Clermont-Ferrand, a la que viaja una vez por semana, mientras continúa residiendo en París. Comienza a colaborar con revistas importantes como Critique y Tel Quel . En 1963 publica dos libros: Raymond Roussel y El nacimiento de la clínica .

Pero el salto a la consideración pública lo da Foucault en 1966, con la publicación de Las palabras y las cosas , que se convierte de modo instantáneo en un best seller: durante el primer año se vendieron más de 20.000 ejemplares. Este paso a la fama lo colocará en otro nivel de discusión. Ya no deberá conformarse con disputar con sus condiscípulos o profesores. Ahora se enfrentará a contendientes de la talla de... ¡Sartre!, quien califica el libro como "la última barrera que la burguesía todavía pueda levantar contra Marx". ¿Foucault burgués? A la luz de los textos y las acciones posteriores, resulta difícil imaginarlo. Pero si nos situamos en 1966, esa afirmación no es descabellada. Salvo un fugaz paso por el comunismo, influido por Althusser, a comienzos de los años cincuenta, no se le conoce demasiado interés por lo político. Se lo ve como un académico excéntrico, incluso frívolo; como "un dandi", pero de ningún modo como un militante.

En los medios culturales se instala una áspera disputa en torno a "la muerte del hombre" proclamada en el libro. Inicialmente, Foucault acude a cuanta entrevista se le solicita para intentar esclarecer el sentido de la expresión. Pero pronto lo satura la exposición mediática y decide tomar distancia para escribir otro libro con el que pueda ajustar algunas cuestiones metodológicas. Acepta entonces un ofrecimiento para hacerse cargo de una cátedra de Filosofía en la Universidad de Túnez y se establece en ese país hasta 1968.

Los "retiros" de Foucault nunca son ociosos. Ahora sabe que tiene un público esperando el siguiente libro. De ahora en adelante, Foucault se encargará de satisfacer a sus seguidores decepcionándolos. Porque nunca les dará lo que le pidan, lo que esperan. Ni siquiera lo que él mismo les promete. Cada uno de sus libros será una auténtica sorpresa.

Todo comienza a transcurrir del modo previsto: deslumbra a sus jóvenes estudiantes, disfruta del sol mientras pasea en su nuevo auto descapotable y se entrega al placer de escribir. Pero el clima en la universidad cambia drásticamente. Un número importante de sus alumnos toma parte en manifestaciones opositoras al gobierno, en las que se los reprime de un modo brutal. Foucault se siente impresionado por el grado de compromiso de sus estudiantes y comienza a prestarles apoyo. Lo que le atrae no es la cuestión ideológica, sino el carácter concreto y puntual de sus luchas.

Foucault está a 1500 km de París cuando tienen lugar los sucesos de Mayo del 68. Pero las experiencias vividas en Túnez lo preparan sobradamente para encarar el nuevo período que se abrirá en su regreso a Francia, en octubre de 1968.

Quizás en la memoria de algún funcionario resonara todavía la voz de Sartre cuando se pronunciaba el nombre de Foucault como candidato para organizar la carrera de Filosofía en la Universidad de Vincennes. Probablemente todavía se viera en él a la última barrera con la que la burguesía podía intentar contener el marxismo. Lo que pocos sabían -quizá ni siquiera él mismo- es que el Foucault que regresaba a París ya no era el joven "frívolo" que se había marchado un par de años atrás.

En Vincennes, Foucault organiza la vida universitaria. Interviene en el nombramiento de profesores y, a partir de 1969, dicta clases. Al mismo tiempo, se entrega de lleno a la vida política. Participa en innumerables marchas, firma incontables manifiestos, concurre a asambleas, es golpeado y encarcelado con sus colegas y alumnos.

En el aspecto académico, indudablemente su momento de gloria tiene lugar un año más tarde cuando, el 2 de diciembre de 1970, asume su cátedra en el Collège de France tras superar por un amplio margen a quienes le disputaban el puesto: nada menos que Paul Ricoeur e Yvon Belaval.

A partir de entonces, las actividades militantes e intelectuales de Foucault se multiplican. En 1971, y ante el creciente número de presos políticos, crea el Grupo de Información sobre las Prisiones con el objetivo de que los propios presos puedan exponer las condiciones de su vida en la cárcel. Simultáneamente, comienza a trabajar en los materiales que irán dando forma a Vigilar y castigar , que también se convertirá inmediatamente en éxito de ventas apenas se publique, en 1975. Es el momento del Foucault maduro, el que alcanzará un amplio reconocimiento internacional y será cita obligada para todo aquel que se refiera al poder.

En los años ochenta se produce un nuevo repliegue. Foucault parece haberse hartado de las celadas que le tienden por derecha y por izquierda. Acrecienta su trabajo en las bibliotecas y, fundamentalmente, se refugia en la Antigüedad. Dos nociones ocupan los últimos años de trabajo del filósofo: el "cuidado de sí" y la "parresía" (el "hablar franco" con el que alguien en inferioridad de condiciones se dirige a otro más poderoso y, corriendo un riesgo, le dice la verdad). La fuerza de estas nociones le permite reformular y prácticamente concluir el proyecto de la Historia de la sexualidad , que parecía haber quedado abandonado. Es así como en unos pocos meses escribe El cuidado de sí y El uso de los placeres , dejando el manuscrito definitivo de Las confesiones de la carne casi terminado en el momento de su muerte.

En estos años a Foucault parece pesarle su fama. Pasa más tiempo recluido con sus íntimos en su departamento en París y disfruta de sus viajes al extranjero, particularmente a Estados Unidos, donde dicta conferencias y se siente más libre para disfrutar de su sexualidad. Se cree que fue precisamente en San Francisco donde contrajo el sida, que acabó con su vida el 25 de junio de 1984..

sábado, 15 de octubre de 2011

Entrevista a Esther Díaz




Publicado en adncultura, La Nación, el Viernes 30 de septiembre de 2011 


Entrevista  a Esther Díaz


"Mi modo de vida es la filosofía"


Trabajó como peluquera, cursó el secundario de adulta y se doctoró enla UBA. Hoy, la docente e investigadora habla de sus libros y de los obstáculos que sorteó con esfuerzo y pasión
Por Gustavo Santiago  | Para LA NACION


Esther Díaz, doctora por la Universidad de Buenos Aires, donde dicta seminarios de posgrado, ha dedicado su vida a la filosofía. Investigadora y directora de una maestría en la Universidad Nacional de Lanús, es autora de una veintena de libros que han tenido varias reediciones. La admiración por la brillante carrera que ha desarrollado se agiganta además cuando se tienen en cuenta los obstáculos que tuvo que atravesar para construirla. De su vida, de la filosofía y de su último libro, Las grietas del control, conversó con adncultura.


-Sus textos tienen una característica muy particular. Si bien están cargados con conceptos filosóficos, resultan muy accesibles para un lector no especializado. Esto, evidentemente, es deliberado.


-Es un modo de devolver parte de lo que la Universidad me ha dado, ayudar a que otros puedan acceder a categorías que les permitan pensar su realidad. Yo nací en un hogar de padres iletrados. Mi papá era diariero; mi mamá, ama de casa. Soy la segunda de tres hijas en una familia muy tradicional. La consigna para nosotras era llegar a ser buenas esposas, buenas madres, buenas abuelas. Cuando terminé la primaria, quise ir al secundario y no me dejaron, porque "las mujeres que estudian se echan a perder", decía mi padre. No me quedó otra que seguir el mandato.


-Pero en algún momento eso se rompió.


-Me casé a los veinte años. Estuve casada por poco tiempo, tuve dos hijos enseguida: un hijo y una hija. A esa altura, me ganaba la vida como peluquera. A los veintiséis años, ya separada y con mis dos hijos chiquitos, decidí hacer el secundario. Mi desafío pasó a ser entrar antes de los treinta años en la Facultad.


-En esa situación, ¿no resultaba más apropiado optar por una carrera con una perspectiva laboral más segura? ¿Por qué se inclinó por la filosofía?


-Eso lo tenía claro desde chiquita. Cuando tenía doce o trece años, en la casa de una tía mía encontré una enciclopedia. Curioseando, di con una imagen que decía "Sócrates bebiendo la cicuta". Y en el artículo contaba que Sócrates había sido condenado injustamente, y que los últimos momentos de su vida los había dedicado a hablar de aquello que más amaba: la filosofía. A mí eso me quedó grabado. Yo no sabía qué era la filosofía pero recuerdo que pensé: "Si alguien es capaz de olvidarse de la muerte por algo que quiere disfrutar hasta el último momento, porque lo ama, eso tenía que ser algo realmente valioso". Y ya en aquel momento dije: "Yo quiero eso para mí".


-Hablemos de su último libro, Las grietas del control. Quizá sea, de sus textos, aquel en el que el encuentro entre filosofía y vida cotidiana se da de un modo más eficaz.


-Tal vez en mis libros anteriores todavía estaba muy atada a los conceptos europeos heredados. Yo tenía una teoría y la quería hacer encajar con la realidad de Buenos Aires. Creo que ahora pasó al revés. Podríamos decir que hay dos movimientos: uno que podemos encontrar en Hegel, que es el que va de los conceptos a la historia, y otro que podríamos encontrar en los neonietzscheanos, que va de las prácticas concretas a los conceptos. Mis libros anteriores estaban más cerca del movimiento hegeliano; mientras que este último me salió -no lo busqué deliberadamente- más nietzscheano.


-También en su libro de ficción, El himen como obstáculo epistemológico, había un intento semejante, aunque no fue debidamente apreciado por la crítica.




-Creo que muchos se quedaron en la anécdota, en el objeto curioso: una filósofa, con trayectoria académica, que escribe un libro erótico. Pero no llegaron a ver las cuestiones filosóficas que aparecían allí. Se lo discutió desde el punto de vista literario, pero no desde el filosófico. Aunque es cierto que ahí lo conceptual había que buscarlo. En cambio, en este libro sale solo.


-En Las grietas... el primer capítulo está dedicado a la "analogía divergente" entre los countries y las villas. ¿Cómo surgió esa idea?


-Estaba leyendo un libro acerca de la gente que vive en los countries. Y de pronto me pareció evidente que los habitantes de esos lugares estaban tan encerrados como los de las villas. Entonces comencé a buscar bibliografía sobre las villas. A eso se le sumó la perspectiva de Foucault y Deleuze que, después de tantos años de estudiarla, ya tengo incorporada.


-¿Cuáles fueron los principales hallazgos de esa investigación?


-Lo que vi fue que el diagrama formal era el mismo. Los countries al principio se construyeron por una necesidad de disfrutar del verde, de la naturaleza. Eran, sobre todo, lugares de fin de semana. Pero, al agudizarse los problemas de inseguridad, se produjo un vuelco y se transformaron en lugares de reclusión. Es asombroso ver las coincidencias con las villas. En ambos casos, hay una enorme desconfianza ante el que viene de afuera. Lo primero que se hace es construir una frontera. A tal punto que para ingresar, tanto en un "barrio privado" como en una villa, hay que ser presentado por alguien de adentro, hay que atravesar un peaje. El "otro" es mantenido a distancia; sólo lo ven por televisión. Aunque hay una paradoja sumamente interesante: cuando sucede un hecho delictivo en un country, la primera sospecha recae sobre el personal de seguridad. Es decir, se contrata vigilantes, pero no se sabe quién vigila a los que vigilan...


-Esto lo explica usted en el libro apelando a la categoría de "inmunidad" del filósofo italiano Roberto Esposito.


-Exacto. Yo lo tomo de Esposito, que es quien desarrolló el concepto con mayor detalle, aunque, en realidad, él lo sacó de Foucault. Se trata de algo sencillo: el "próximo", aquel en quien se necesita confiar, es el mismo que puede producir el daño. Es lo que sucede con las vacunas: lo mismo que salva es lo que puede producir la enfermedad. Pasa también en los casos de violencia de género: la gran mayoría de las veces el violento es alguien del entorno más próximo.


-El aislamiento se ve como un medio para escapar al delito. Pero, al mismo tiempo, se generan nuevos peligros.


-Efectivamente. En esos lugares hay delitos menores, que muchas veces son cometidos por los propios chicos de esos barrios cerrados, por puro aburrimiento: hechos de vandalismo, pequeños robos, deterioro de las instalaciones. Pero también hay delitos mayores, perpetrados por los "habitantes vip", que son silenciados por cuestiones de poder y económicas. Un delito importante devalúa el country, ya que muestra que no cumple con aquello para lo cual fue construido. Porque muestra, o bien que el country es vulnerable al "afuera" (que estaría representado por el personal de seguridad, las empleadas domésticas, los obreros, que no pertenecen a la clase social de los habitantes, pero que necesariamente conviven con ellos) o bien que el propio "adentro" no es tan puro como se quería hacer creer.


-También en el capítulo "Cuerpos" la segregación se muestra como algo central en nuestra sociedad.


-Uno de los temas que trabajo ahí es el de la relación entre tecnociencia y vejez. Me planteo qué sentido tiene seguir desarrollando tecnología para vivir más años en una sociedad que siente un enorme rechazo por los viejos. Los jóvenes que trabajan en los laboratorios y que convocan al periodismo científico para exponer sus innovaciones no quieren morir... ¡pero tampoco quieren llegar a viejos! ¿Cómo se resuelve esa contradicción? Hay una perversión en alargar la vida y, al mismo tiempo, despreciar a los viejos. Pensemos: ¿adónde puede ir a divertirse una persona mayor? ¿Adónde puede ir sin que le digan "viejo verde" o le critiquen cómo se viste?


-Es el clásico problema de desfase entre un desarrollo científico extraordinario, por un lado, y una evidente falta de sentido, por otro.


-¡Pero es algo real! Vivimos en una sociedad de paradojas. Y se trata de paradojas irresolubles. ¿Quién puede parar el desarrollo tecnológico? Y, simultáneamente, asistimos a la ausencia de fuentes de sentido. Cuanto mayor es el número de tecnócratas y mayor la relevancia que se les otorga, menor sentido aparece. Creo que se ha insistido mucho en el paradigma de la neutralidad de lo tecnocientífico desde el punto de vista ético. Esa visión de la ciencia como exclusivamente ligada al conocimiento. Su único sentido es la búsqueda del conocimiento. Y en la formación de los "técnicos" hay cada vez menos espacio para la reflexión humanística. Los alumnos sólo quieren tener materias "útiles". Y los propios directores de las carreras o los directores de tesis rechazan cualquier perspectiva ética. Sólo les interesan los asuntos técnicos. Incluso los chicos actuales, desde muy chiquitos, crecen imbuidos de la falta de sentido provocada por la tecnociencia. Por eso es importante explorar el trabajo en filosofía con niños. Ayudarlos a darles sentido a los textos, a las situaciones, a la vida. Eso es micropolítica.


-Otro de los conceptos clave de su trabajo, que encontramos en el título del libro, es el tema del control.


-Quizás habría que partir de la distinción entre vigilancia y control. La vigilancia corresponde a lo que Foucault llama "sociedad disciplinaria". Se lleva a cabo en espacios cerrados y tiene dimensiones humanas. Hay una persona que está observando directamente, con sus ojos, sin la mediación de ningún aparato. Deleuze, en cambio, sostiene que en las actuales "sociedades de control", todo sucede a "cielo abierto". Uno va por la ruta y lo están filmando; camina por una vereda y las luces se van encendiendo a medida que uno pasa. Se puede ubicar a una persona por los celulares que tiene encima. Mientras que las sociedades disciplinarias operaban como una especie de molde al que la gente tenía que adaptarse, ahora el control se adapta a uno. Va modulando al individuo.


-Hay otra diferencia fundamental: en los espacios disciplinarios (como la fábrica, el hospital, la escuela), el individuo quería salir; en la actualidad, en cambio, lo que ansía es ingresar al control. La instalación de cámaras privadas crece progresivamente, al igual que el reclamo por la presencia de cámaras en la vía pública. Parece haber más confianza en la supuesta seguridad que brindan que en la privacidad que puedan violar.


-Es que no se advierte que el exceso de control lleva, necesariamente, al descontrol. Si uno le hubiera preguntado a alguien, hasta el año pasado, cuál es la cultura más ordenada, la más prolija, la más previsora, la que corre menos riesgos de sufrir un accidente tecnológico, creo que todo el mundo hubiera dicho: la japonesa. Sin embargo, hace unos meses vimos el desastre que se produjo en las centrales atómicas, con consecuencias que todavía desconocemos, cuando aconteció el tsunami. Construyeron centrales atómicas sobre tembladerales. Hay que buscar la delgada línea que separa el control coaccionante del "cuidante".


-Al comienzo de la entrevista, hablábamos de la ruptura del mandato social y familiar, y del esfuerzo que usted tuvo que hacer para alcanzar el lugar actual. ¿Se siente reconocida como filósofa?


-En el ámbito académico tengo demasiados adversarios, gente que se especializa en poner palos en las ruedas. Aunque a esta altura, con todas las cosas que he logrado, muchos no tienen más remedio que reconocerme. Sí me siento enormemente reconocida por los alumnos y por los lectores de mis libros. Cada vez que se da un encuentro, la presentación de algún libro o alguna Jornada, se acerca gente que tiene algo elogioso que decirme, y que me doy cuenta de que es auténtico, porque lo hacen sin tener ninguna necesidad, sin que ese elogio les sirva de algo. Es simplemente gratitud. Y eso es impagable.


-¿Y en lo personal? ¿Cómo se siente cuando mira hacia atrás?


-Yo te puedo decir que me siento mucho más feliz ahora, con mis setenta años, que cuando era adolescente. Porque en ese momento tenía la angustia de no poder estudiar y de no saber si iba a tener un futuro diferente del que mi propia clase y la tradición familiar me marcaban. Estoy plenamente satisfecha con mi carrera; vivo para ella. He dejado a un lado muchas cosas para estar donde estoy. Vivo sola; mis sábados y domingos están dedicados a la filosofía. Por supuesto que hago otras cosas: voy al cine, escucho música. Pero no tengo una vida al margen de la filosofía. Mi modo de vida es la filosofía..